lunes, 2 de agosto de 2004

Ricos y pobres

Daniel Raventós y Andrés de Francisco (*)
Brecha. Uruguay, julio del 2004.


A fuerza de hablar de la desigualdad de ingresos y riqueza, a menudo nos
olvidamos de subrayar el hecho empírico de su acelerado crecimiento, de
exponer sus causas y orígenes, de ponderar sus consecuencias y, más aún,
de refutar las falsas justificaciones ideológicas ofrecidas por los
habituales peritos en legitimación.
De todo ello a menudo nos olvidamos, pese a que la desigualdad -mídasela
como se quiera- parece galopar sin freno ni rienda tanto a escala
planetaria como local, tanto en los países pobres como en los ricos.
Hace ya tiempo que ha rebasado el nivel de lo social, lo ética y lo
estéticamente tolerable. La extrema desigualdad está haciendo de este
mundo nuestro un lugar inestable, reprobable y feo. Los 84 individuos más
ricos del mundo poseen una riqueza que excede el PIB de China con sus
1.300 millones de habitantes. En 1998 Michael Eisner, director general de
Disney, cobraba 576,6 millones de dólares, lo que representaba 25.070
veces el ingreso medio de los trabajadores de esta misma empresa. Ese
mismo año, un solo ciudadano de Estados Unidos, Bill Gates, disponía de
más riqueza que la del 45 por ciento de los hogares de aquel país (Too
Much, invierno 1999, y The Nation del 19 de julio de 1999).
A fecha de hoy, el 5 por ciento de los hogares con mayor poder adquisitivo
de Estados Unidos dispone de casi el 50 por ciento de la renta nacional.
Mientras tanto, 80 países tienen una renta per cápita menor que hace una
década. Mientras tanto, la mitad de nuestra especie, la más desheredada y
vulnerable, 3 mil millones de personas, vive con menos de dos dólares al
día y, de éstos, 1.300 millones con menos de un dólar diario. El
economista estadounidense Robert Frank, que algunos estudiantes de
ciencias económicas conocen por su estupendo manual de teoría económica,
explica que, del conjunto de la ciudadanía de su país, el 1 por ciento más
rico se embolsó el 70 por ciento de toda la riqueza generada desde
mediados de los años setenta (Luxury Fever, Simon & Schuster, 1999).
Nunca en la historia de la humanidad hubo tan pocos ricos tan ricos ni
tantísimos pobres tan pobres. Lo cual es malo al menos por las siguientes
razones de consecuencia.
Primero, porque hace vulnerables, y en grado diverso, a amplísimas capas
subalternas de la sociedad. Y con la vulnerabilidad viene la dependencia;
con la dependencia, la falta de libertad, y con la falta de libertad, en
grado diverso, la condición servil y la pérdida del autorrespeto. Segundo,
porque pone en manos de unos pocos poderes recursos desmedidos que pueden
condicionar y sesgar el proceso político del lado de sus intereses
privilegiados, socavando así toda esperanza de democracia real y quebrando
la igualdad política que subyace tras el ideal de ciudadanía. Finalmente,
la desigualdad extrema entre ricos y pobres (entendidos éstos en sentido
amplio) quiebra la comunidad, rompe los lazos de fraternidad y desata, de
un lado, la codicia de los pocos y, del otro, cuando no la envidia y el
resentimiento, siempre al menos la frustración, y muchas, muchas veces, la
desesperación de los muchos.
Pese a estas razones, no faltan las justificaciones de la desigualdad.
La primera de ellas viene a decir que la gente tiene lo que se merece. Así
como el rico merece riqueza, premio a su emprendedor dinamismo, el pobre
-por su falta de aptitud y esfuerzo- merece su opuesto destino social. Así
como el leal y eficiente trabajador merece conservar su empleo, así el que
lo pierde merece el escarmiento del paro, en el que merecerá quedarse si
no muestra suficiente capacidad y buena disposición para la búsqueda
activa de otro empleo. Oportunidades no faltan, sólo hay que saberlas
buscar. Esta justificación meritocrática de la desigualdad es tan
demagógicamente falsa como cierto es el hecho de que nadie merece
moralmente ni su azar genético ni su azar social, de por sí muy
desigualmente distribuidos. Nadie merece moralmente la familia que le ha
tocado en suerte, rica o pobre, decente o depravada, ni, por tanto, las
oportunidades -favorables o no- que la familia pueda brindarle. Y lo mismo
cabe decir de los talentos -pocos o muchos- con los que uno viene al
mundo: nadie los merece moralmente.
Si es verdad que la justicia aspira a contrarrestar los caprichos del azar
-social y genético-, poco justo será permitir que los individuos gocen sin
traba ni freno de sus inmerecidos diferenciales de oportunidad, que ese
azar les pone en bandeja. La distribución de las dotaciones genéticas
-como no ha dejado de subrayar John Rawls- son un activo común de la
sociedad, aunque sólo sea porque es la sociedad quien las premia y valora
o porque sólo en su seno pueden ejercerse.
La segunda justificación de la desigualdad la convierte en el necesario
precio de la libertad. En un mundo regido por el libre mercado y asentado
en el sacrosanto principio de la libertad de elección, un Estado
intervencionista podría imponer políticas redistributivas y regulaciones
igualitaristas, pero sólo lo lograría en base a cercenar esa misma
libertad individual, a costa de recortar las opciones sobre las que
elegir. Este argumento es tan demagógicamente falso como cierto es el
hecho de que la desigualdad implica ella misma una falta de libertad,
tanto más profunda cuanto más dramática sea esa desigualdad. Porque falta
de libertad -de decidir, de hacer y aun de rechazar- es lo que tiene el
trabajador precario que apenas llega a fin de mes y no sabe si mañana
conservará su empleo; es lo que sufre la mujer sometida al marido y
desfavorecida y discriminada en toda suerte de oportunidades de vida; es
lo que padece el desempleado de larga duración, que soporta el estigma
social de la dependencia del subsidio público (si es que lo tiene). Falta
de libertad es lo que tiene el pobre que depende de la exigua caridad de
sus congéneres.
Falta de libertad es lo que sufre el subordinado (en la jerarquía de la
empresa, por ejemplo) cuando tiene que comulgar con ruedas de molino
porque necesidades o deseos vitales para él dependen de la voluntad de su
superior. Falta de libertad, en fin, es lo que padece el que vive con
permiso de otro. No olvidemos el dicho de Juvenal: "Hay muchas cosas que
los hombres, si llevan la capa remendada, no se atreven a decir". El mundo
contemporáneo, porque distribuye de forma tan groseramente desigual
recursos, oportunidades y riqueza, padece un hondísimo problema de falta
de libertad.
La tercera justificación de la desigualdad le carga las culpas al
gobierno, sea el que sea. Los gobiernos -viene a decir- promueven la
desigualdad con sus equivocadas políticas recortando oportunidades de
desarrollo individual. Así, por ejemplo, el paro -una fuente terrible de
desigualdad social- podría evitarse si los mercados de trabajo no fueran
tan rígidos y los empresarios tuvieran más facilidades -¡todas las
facilidades!- de contratación y despido. Y todavía más oportunidades
habría de creación de empleo -y riqueza para todos- si los gobiernos
apostaran sin tapujos por la productividad y la competitividad de las
empresas, rebajando impuestos, recortando gastos sociales, privatizando
servicios públicos y apuntando al déficit cero.
Esta justificación de la desigualdad es tan demagógicamente falsa como
cierto es el hecho de que han sido precisamente los gobiernos que más han
promovido políticas desreguladoras de los mercados laborales y fiscalmente
estimuladoras de la oferta los que más han provocado aumentos de la
desigualdad.
Y de las causas de la desigualdad, ¿qué? La desigualdad tiene muchas
causas, pero la principal -a no dudarlo- hay que buscarla en el actual
modelo capitalista de crecimiento y desarrollo y en el vigente modelo
antisocial de propiedad. El capitalismo es un modo de producción que vive
de la desigualdad y la retroalimenta positivamente, vive de la desigualdad
entre el trabajo y el capital. Reproduce y amplía esa desigualdad porque
el capitalismo asigna muy distintos recursos de poder a propietarios y no
propietarios. Y asigna tan desigualmente el poder social porque se basa en
un modelo de propiedad y apropiación que no conoce apenas límites a su
acumulabilidad, y permite formidables hiperconcentraciones de poder
económico y social que no sólo escapan a todo control democrático, sino
que por mil vías consiguen una sobrerrepresentación institucional y
política de sus privilegiados y minoritarios intereses. La batalla -por
ahora duramente perdida- contra la extrema desigualdad de ingresos y
riqueza pasa por buscarle alternativas -si se quiere, parciales y
graduales- al capitalismo, alternativas de tipo social-republicano
(señaladamente, aunque no sólo, la renta básica de ciudadanía, como en
otras ocasiones hemos desarrollado, por ejemplo, en www.redrentabasica.org
), alternativas que permitan a la sociedad recuperar
el control democrático sobre las decisiones económicas y a los individuos
-a muchos, a millones de ellos- recuperar el control sobre sus propias
vidas, esto es, su autonomía.


(*) Raventós es economista, profesor del Departamento de Teoría
Sociológica y Metodología de las Ciencias Sociales en la Universidad de
Barcelona y presidente de la asociación Red Renta Básica. De Francisco es
filósofo y profesor de ciencias políticas y sociología en la Universidad
Complutense de Madrid.

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